Villa Educación

Sábado 26 de mayo de 2018

MUJERES Y AGROECOLOGÍA, UNA ALIANZA NATURAL

Por Alberto Chanona

Antes de la lanza, o los cuchillos de piedra,
la primera herramienta de todas fue un sujetador para el bebé
que mantuviera sus manos libres
y algo para poner las bayas y las setas,
las raíces y las hojas buenas, las semillas.


Neil Gaiman, Las cazadoras de hongos

(Agencia Informativa Conacyt).- En esta época, cuando algunas de las discusiones más importantes que se libran en el mundo giran en torno a la producción y distribución de los alimentos, el cambio climático, la globalización y, desde luego, el feminismo, muchas mujeres han encontrado en la agroecología una vía para enfrentar el futuro y construir el presente. En el campo, en las ciudades, y también en la academia.

Diseño y manejo de huertas de traspatio, herramientas de empoderamiento. Fotografías cortesía de Adlay Reyes Betanzos.

La explicación, tal vez, esté en la historia. O para decirlo más claro: en la historia de las mujeres.

En Las cazadoras de hongos, Neil Gaiman describe la relación entre las primeras mujeres y el origen de la ciencia. Debieron ser mujeres —dice el escritor— las primeras en abrir caminos donde solo había pedregales y arbustos, con el propósito de hallar alimento y medicina. Mujeres quienes, a través de la observación y la peligrosa experimentación, distinguieron las setas comestibles de las venenosas. Las primeras, además, que con ayuda de la experiencia hicieron más seguro el modo de venir al mundo a través del parto. Y mujeres también las pioneras en la recolección, siembra, trituración y transformación de las semillas, para la sobrevivencia de sus familias.

No es complicado hallar en la agricultura, la herbolaria y el procesamiento de alimentos un universo de conocimientos tradicional e íntimamente ligado a la historia de las mujeres.

Las mujeres y la agroecología

Grupos de mujeres han encontrado en la agroecología un campo de resonancia para saberes tradicionalmente resguardados por ellas: el rescate y conservación de plantas medicinales, el resguardo de semillas, el cultivo de la huerta para el cuidado y alimentación de la familia, etcétera.

Esos saberes, sin embargo, no suelen recibir reconocimiento. O más bien, el reconocimiento queda en otros lugares. Sobre la mesa del restaurante gourmet que lleva a su cocina el trabajo de los productores locales, en los artículos de revistas especializadas, en el informe de algún programa gubernamental o de alguna organización social. Rara vez llega de forma directa a las mujeres involucradas.

Es el caso de muchas mujeres mayas en las zonas productoras de café —dice la doctora en ciencias Lorena Soto Pinto, de El Colegio de la Frontera Sur (Ecosur) y miembro nivel II del Sistema Nacional de Investigadores (SNI)—, donde los huertos familiares se han reducido para destinar mayor área a los cafetales, con la consiguiente pérdida de la calidad de alimentación y el aumento en el consumo de alimentos chatarra.